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emol | Cómo hemos llegado a odiarnos tanto

En algún momento escuchaba a un comunicador narrar con estupor, los últimos casos de violencia registrados en nuestra sociedad. Mientras se preguntaba qué nos estaba pasando, e interpelaba a los científicos sociales a dar respuestas a dichos hechos. Venimos observando el fenómeno de la violencia desde hace algunos años, cuando ya la sociedad daba señales significativas de que algo había pasado en su interior, que había hecho cambiar los individuos, alertamos, casi 25 años después, no podemos obviar como se plasma el deterioro , la tipología de la criminalidad y la violencia cotidiana, expresan y dan cuenta que hay un daño social profundo a lo interno de nuestra sociedad donde convergen variables que hacen de la violencia el peor flagelo que nos ataca. Eso lo ilustra la agresión a David Ortiz en un centro de entretenimiento o el asesinato de Cristina García en la intimidad de su hogar, un día lunes, en un inmueble súper vigilado, donde su propia empleada la asesina, recordándonos que ya no estamos seguros ni en nuestras casas, algo que habíamos vaticinado, cuando decíamos que los delincuentes llegarían al borde de las piscinas. Esta sociedad siempre ha tenido un germen de violencia intrínseca, vinculada a la cultura local, y praxis política, matizada por una conducta del macho, basada en la construcción de la identidad masculinidad errática, lo que se pone de manifiesto cuando observamos la resolución de conflicto de las parejas, 17,250 denuncias en tres meses y 25 feminicidios en 6 meses del 2019. La violencia evoluciona en una sociedad desigual, ingobernable , junto a la sofisticación , frialdad y banalización del gesto violento, que puede ser, incluso , aprendido por la indiscriminada difusión y transmisión de eventos violentos observables, desde la más tierna infancia en el proceso de socialización , cuando se le exige , al niño ser valiente, “que pelee y tire golpes”, “uno no se queda dao”. Expresiones que ilustran el camino de la deformación moral y construcción del adolecente violento, que hoy llega armado a las escuelas, asesina y somete a sus compañeras de estudio a realizarle felaciones, cerrando el año escolar destruyendo el plantel. Tras la inmersión cotidiana en la violencia familiar, un padre violento, que golpea, estupra, un padrastro violento que manosea y asesina, una mujer celosa que grita y golpean, mientras el Estado persigue y elimina a los ojos de todos, en intercambios de disparos. Estamos “protegidos” por una autoridad que repite la agresión cuando intentamos denunciarla, nos viola, roba y asesina, en directo. Nuestro hombre, históricamente irresponsable ante la paternidad, replica el modelo de educación violenta, con castigos ejemplares (un block sobre la cabeza, una olla de agua hirviendo) reposando en el desamor de la familia disfuncional de madres desesperadas, padres desempleados y padrastros psicópatas. Evidenciándose las agresiones sexuales dentro de la familia, 30 mil denuncias anuales ,cientos de casos de niñas y niños violados por familiares ,pastores y sacerdotes, una verdadera tragedia nacional y humana que nos invita a reflexionar sobre la vida y el futuro de miles de seres humanos , traumatizados, bajo la patología de la explotación laboral y el abuso sexual infantil. Mientras el escenario de la droga socaba los cimientos de la sociedad en crisis, desconociéndose qué cantidad de jóvenes están realmente involucrados en el consumo y distribución, junto a la ingesta de alcohol y otras sustancias, con prácticas sexuales tempranas que obligan a miles de jóvenes madres , a prostituirse para ganarse la vida. Ante una educación en crisis y, la ausencia de paradigmas de sanción institucional y social, con una clase política corrupta, disoluta, que no cree en la construcción del ser humano, muy por el contrario se ha hecho una labor para adormecer, mecanizar y envilecer aun más a los individuos sin espíritu crítico, dependientes y necesitados de carencias creadas, capaces de odiarse hasta la auto eliminación que estamos viviendo. La falta de amor y el irrespeto hacia nosotros mismos, ha sido cultivada históricamente. Esta es la sociedad que tenemos, que hemos construido, donde la capacidad de odiarnos supera nuestras capacidades de vernos como actores protagónicos del evento social, y asumir con responsabilidad nuestro derecho a vivir en sociedad, respectando las reglas mínimas de vida que todas las sociedades requieren para la convivencia, sino pacifica por lo menos decente.