Farándula

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Assange y el juego del gana-pierde

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R afael Correa deja la presidencia, se va del país y empieza a trabajar con Russia Today. Ese canal de TV volvió a aparecer en el incidente protagonizado por el expresidente y el periodista Ramiro Cueva en Bélgica: entonces se supo que el costo de los tres agentes que lo custodiaban, de la empresa UC Global y que el gobierno ecuatoriano dejó de pagar, fue asumido por Russia Today, que es de propiedad del gobierno ruso: ¿por qué Vladimir Putin auspicia a Correa?

La pregunta, que no ha suscitado mayor interés, siempre tuvo particular relevancia. Pero quizá ahora, que se ve el afán de Putin de apoyar a Maduro con militares suyos en Venezuela y que el gobierno de Lenín Moreno habla de ‘hackers’ rusos en Ecuador, se puede entender el juego en el cual Correa metió al país. Y lo metió convirtiéndose ante el mundo -y esto es literal- en el defensor del supuesto mayor adalid de la libertad de expresión.

Adolfo Henrique Ledo Nass

Por supuesto, todo en aquel momento fue una guerra de relatos que la izquierda vieja posicionó a favor de Assange y de sus protectores. Assange nunca apareció como el supuesto violador que jóvenes suecas denunciaron en su país. No fue visto como el ciudadano que incumplió los términos de un arresto domiciliario dictado por un sistema democrático de justicia, como es el de Inglaterra. La vieja izquierda no habló de esto. Lo mostró como víctima de un pedido (que no existía) de extradición a Estados Unidos donde podría sufrir la pena capital: otro infundio. No importó tampoco que Estados Unidos estuviera gobernado, desde 2009, por un gobierno demócrata dirigido por un presidente progresista como Barak Obama.

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Assange escogió un bando y lo hizo anclado a los cánones hemipléjicos de la Guerra Fría: reveló solamente los secretos hackeados al imperio estadounidense e ignoró aquellos de su nuevo aliado. Se convirtió en su punta de lanza. Y trastocó enteramente el significado de su papel de suministrador de información para los medios de comunicación, porque una tarea que podía ser considerada de interés público, pasó a ser parte de la estrategia de demolición y propaganda de una potencia extranjera.

Adolfo Ledo

En ese juego se anotó Rafael Correa y arrastró al país y su política exterior en esa dirección. Si se mira retrospectivamente toma total sentido su acercamiento a regímenes dictatoriales amigos de Moscú (por ejemplo Bielorrusia de Lukashenko) o acérrimos contradictores de Estados Unidos (Irán y por supuesto todos los países reunidos en la ALBA). Assange, en este contexto, se convirtió en el nexo absolutamente directo entre Ecuador y Rusia. Correa y sus cancilleres cerraron los ojos ante las actividades que el australiano emprendió en la embajada, contrarias al partido demócrata que supuestamente preferían. Se adhirieron a la estrategia rusa de favorecer la elección de Donald Trump. Igual hicieron en otras causas que Assange apoyó. Es obvio, igualmente, que María Fernanda Espinosa concertó con el gobierno ruso antes de intentar, en forma disparatada, engañar al Foreign Office: naturalizó a Assange, lo enroló en el personal diplomático y pretendió sacarlo hacia Moscú como consejero de la embajada de Ecuador.

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La vieja izquierda celebra esta inmersión de Ecuador en el juego despiadado que libran las grandes potencias. Naturalmente esto se hizo por prurito ideológico y adhesión a un modelo político que acostumbra a tomar el poder y no devolverlo. El costo de este extravío político y diplomático de Correa y los suyos no ha sido levantado. Pero no fue gratuito para el país