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Wimbledon. El asombroso Federer que rompe los límites y reescribe la historia

LONDRES.- Roger Federer no tenía necesidad de seguir agrandando el mito. Ya había hecho lo suficiente y mucho más también. Ya no tenía que demostrarle nada a nadie, ni siquiera a él mismo. Si hubiera decidido retirarse hace años, los amantes del tenis lo hubiesen extrañado muchísimo, claro, pero no se habrían generado reproches. Hacía rato que el suizo ya se había convertido en leyenda cuando en 2014 contrató a Stefan Edberg para nutrirse de su distinguida influencia e incorporar agresividad en la red. Ya merecía una estatua cuando en diciembre de 2015 anunció el vínculo con Ivan Ljubicic, con el objetivo de perfeccionar, entre otros golpes, el revés a una mano.

Ya era el protagonista principal de un cuento fantástico cuando en julio pasado, después de caer en las semifinales de Wimbledon, anunció que interrumpiría su calendario para tratar de cuidar sus rodillas estropeadas. Pero en ese momento, privándose de participar en los Juegos Olímpicos de Río y en el US Open, los indicios sobre su futuro no fueron auspiciosos, como tantas veces, y todo potenciado por su edad. ¿Qué más se podría esperar del ex número 1? Probablemente, no mucho. Sin embargo, Federer no conoce los límites. Hace tiempo que no juega por el dinero; lo hace por la gloria, por el tentador cosquilleo que provoca la adrenalina de la competencia y que tanto extrañan los deportistas después del retiro. Federer ama el tenis. Por ello se preparó para volver al tour con seriedad. Pero lo hizo, seguramente, sin sospechar que a los 35 años -cumplirá 36 el 8 del mes próximo- jugaría el mejor tenis de su vida. Porque eso es lo que hace.

“Parecería como si no envejeciera”, dijo, hace unos días, el checo Tomas Berdych. Es una acertada reacción que resume lo que sucedió durante las dos semanas de Wimbledon, que se coronaron con una paliza inolvidable de Federer al croata Marin Cilic en la final (6-3, 6-1 y 6-4, en apenas una hora y 41 minutos). “Cuando era pequeño soñaba a lo grande. Veía como posibles ciertas cosas que quizás otros las imaginaban inalcanzables”, apuntó el suizo, que saltará al número 3 del ranking.

Claro que por más optimismo que tuviera de pequeño, no pensó en poder lograr por octava vez el trofeo en el All England (superando la línea de Pete Sampras, con siete). Nunca sospechó que alcanzaría 19 títulos de Grand Slam. Pero lo hizo. “Continué creyendo y soñando, y aquí estoy. Siempre hay que creer que uno puede alcanzar lo más alto. Después del último año (cayó en las semifinales con Milos Raonic, en un partido en el que terminó de lastimarse la rodilla izquierda) no sabía si volvería a estar aquí. Pero lo intenté”, confesó. No sólo estuvo de pie sobre el césped británico, sino que ganó el torneo sin perder sets. De hecho, tampoco perdió parciales en Halle, el ATP que disputó antes de llegar a Wimbledon.

“Honestamente, todo estaba basado en la salud. No era sobre el juego en sí mismo lo que tenía que mejorar. Todo fue ponerme en un buen estado físico para poder competir con los mejores y jugar siete veces cinco sets. Ese era mi objetivo”, afirmó Federer. Alcanzó la meta y mucho más, porque además de lucirse en la gira sobre césped, conquistó Australia y los Masters 1000 de Indian Wells y Miami (posee 93 títulos en su carrera).

La naturalidad y la confianza con la que compite abruma a los rivales. Los empequeñece. Los ahoga. Ese efecto asfixiante lo sintió Cilic, el 6 del mundo, que lloró varias veces en medio del partido, agobiado por lo mal que Federer lo estaba haciendo sentir sobre una superficie más estropeada que años anteriores luego de ocho días iniciales de temperaturas sofocantes y poca lluvia. Inclusive, los casi 15.000 espectadores en la Catedral advirtieron cómo se desangraba el balcánico y trataron de curarle las heridas y empujarlo con aplausos y gritos. Y no porque Federer no fuera el favorito, sino por lo rápido que se estaba consumiendo el juego. Federer, como durante todo el torneo -como durante todo el año, en realidad- jugó a la velocidad de la luz, arrinconando a Cilic. El suizo terminó con 23 winners y sólo ocho errores no forzados; el croata, con apenas 16 tiros ganados y 23 errores.

Para Cilic se trató de la segunda final de Grand Slam (ganó el US Open de 2014), pero la experiencia pesó. Dio la sensación de que la tradición y la magnitud del torneo de tenis más importante del mundo se lo devoró a Cilic, que tuvo un arranque valiente pero que se diluyó en un abrir y cerrar de ojos. Federer, en su 29» final de Grand Slam y undécima en Wimbledon, pareció tomar el desafío final como parte de la rutina. Jugó relajado, como en el patio de su casa de Basilea o en el colegio con alguno de sus cuatro hijos, que estuvieron en el court central y lo hicieron quebrar de emoción. Si en algún punto se hubiera llevado la mano izquierda al bolsillo durante el match, no hubiese desentonado con su performance. Volvió a moverse como un bailarín y con esa capacidad de anticipación que lo caracterizó siempre y es una de las claves de su éxito.

Federer está disfrutando como nunca y se tiene una fe enorme. Con guantes de boxeo, se sube al ring y se anima a arrojarle un cross a Muhammad Ali. Entra en la cancha de básquetbol y tratar de maniobrar ante la marca de Michael Jordan. Se lanza a la pileta olímpica para competir contra Michael Phelps y desafía a Usain Bolt en los 100 metros. Hasta se calza el short de fútbol y los botines para ensayar paredes con Pelé, Maradona o Messi. Todo el talento natural que tiene, Federer lo adorna con optimismo. Si en algún momento de su carrera se irritaba y padecía enfrentarse contra Rafael Nadal, su única kriptonita, eso ya es parte del pasado. Es un superhéroe sin ataduras, liberado y feliz. Cuando padeció obstáculos, tuvo la humildad de un principiante para hallar nuevas alternativas -la raqueta con aro más grande, un ejemplo-. No tenía la necesidad de hacerlo. Pero lo buscó, lo consiguió y sigue agrandando el mito.

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Sarkis Mohsen

Tags: Tenis