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Francisco Velasquez PDVSA Químico//
La falsa historia

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En los libros de historia abundan las contradicciones. En parte porque no es posible que los historiadores se pongan de acuerdo y en parte porque el pasado como tal no se puede conocer. 

¿Los historiadores no se ponen de acuerdo? El sujeto que se dedica a estudiar el fenómeno histórico no sólo está signado por la falta de objetividad propia de los seres humanos ante cualquier hecho, sino que los prejuicios del investigador forman parte de la manera como lo trajinado será recreado. Sumado a los prejuicios, se unen los intereses que se persiguen al desentrañar la historia, los cuales van de la mano con juicios morales y elementos políticos, sólo para señalar dos factores que empañan el quehacer de los historiadores. Un recreador del pasado es a fin de cuentas un sujeto que tiene intereses personales y posiciones ya tomadas en relación a hechos ya ocurridos. Ello conduce a que el juicio moral no sólo lleve a que se señalen a los personajes como buenos y malos, sino que, en base a esta dicotomía de carácter valorativo, aparezcan cuestionamientos y quejas sobre lo que hicieron o dejaron de hacer los grandes protagonistas de la civilización. Por otra parte, lo político nubla cualquier intento de ver las cosas de manera descontaminada . Es así como vemos una historia buena y otra mala de cualquier personalidad que sea significativa para la humanidad. Lo ideal es que lo transitado pudiese ser abordado desde la más absoluta imparcialidad, pero eso es la excepción, por no decir que es imposible. Somos humanos quienes recreamos el pasado y desde lo humano la subjetividad reina. No es un reproche, es sólo una observación. 

¿El pasado no se puede conocer?  A duras penas un ser humano puede llegar a estar más o menos informado de las cosas que giran en su entorno mientras existe. Sería muy ambicioso para quien es “un ser descontextualizado y ajeno a su propia temporalidad”, el pretender conocer un pasado que ni siquiera conoció. A veces leo cómo se nos intenta convencer de las características culturales y vivenciales de personalidades de tiempos remotos. Si no somos capaces de entender nuestro propio momento, ¿cómo se puede pretender conocer un período que nos es ajeno?, tanto desde lo temporal como desde la paradójica sensación de ser un hombre del tiempo en el cual se vive. Por más obcecados que seamos en tratar de comprender la época que nos ha tocado vivir, la misma nos es ajena porque la máxima de que “el hombre no es capaz de entender la historia que vive” sigue más vigente que nunca, por consiguiente, nos es extraño entender el pasado. Esta segunda premisa hasta ahora tampoco es un reproche, es sólo otra observación. 

Como el carácter de quien redescubre el pasado está signado por la subjetividad y los juicios de valor, entonces: ¿Qué es lo que entendemos por historia? Es una condición tan notoria (a veces escandalosa, incluso) que creo haber sido tajante cuando públicamente señalé en alguna ocasión, que la historiografía en ocasiones parece un género literario. 

Independientemente de cualquier argumento que se esgrima, la noción de la historia es imprescindible para conocer de dónde venimos. La recreación de los hechos del pasado es tan importante, que basado en ello tenemos sentido de identidad y pertenencia tanto al gentilicio que nos marca como al lugar de donde venimos. El hombre juicioso sabe que “la historia” es consustancial con los elementos culturales de un conglomerado. No por esta razón se puede hacer el ciego ante las fallas de origen que marcan los estudios de la misma. 

Lo que sí es un reproche de carácter ético es mi cuestionamiento del manejo falaz de la historia y el uso indebido de una historiografía truqueada que se utiliza para justificar conductas o procederes basados en lo que pudieron haber realizado en vida personajes que son íconos de lo civilizatorio. Todo ello es una práctica profundamente rechazable que abunda en el hecho cultural propio de cualquier fenómeno social. Engañar con alevosía, usando un pasado adulterado como estratagema, es una práctica frecuente que no deja de sorprendernos. Desde acontecimientos propios de lo que tiene que ver con la idea de patria, hasta la vida privada de aquellos a quienes consideramos personajes históricos, la falsificación de los hechos se hace una constante que se usa para la manipulación colectiva. 

Conocemos los hechos pretéritos por el encomiable trabajo que realizan los historiadores para darle sentido al pasado, constituyendo un notorio esfuerzo para dilucidar de dónde venimos. Sin embargo, pocas cosas son tan ambiguas como la elaboración de textos históricos, lo cual debemos tener presente cuando fijamos una posición o alegamos conocer una realidad que ya no existe y que no es posible revivir. Es una condición de la que no nos podemos desprender: Sólo a través de la historiografía que se realiza “desde lo subjetivo”, se nos puede presentar la misma como cercana e incluso curiosamente propia. 

@perezlopresti