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Los “comprame” y los “quiero” de verano

Días largos, los chicos tienen poco para hacer, especialmente pocas responsabilidades, y les llegan muchas ideas y estimulación desde la televisión, carteles y revistas, ¡y de sus amigos! Si estamos en la playa se agregan los vendedores ambulantes: choclos, medialunas, ropa, pulseras, helados, bebidas, barriletes. Pero en nuestras casas no es tan diferente: ¿vamos al kiosco?; ¿a tomar un helado?, o a la calesita, al cine, a comer un pancho. Los chicos piden y piden, siempre encuentran alguna nueva ocurrencia.

La cuestión es encontrar un término medio que tenga en cuenta a padres e hijos, el presupuesto familiar, lo razonable del pedido y nuestro cansancio y/o ganas.

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Si decimos siempre que sí seguramente terminemos enojados, porque lo hacemos con la vana ilusión de que se sacien por un buen rato, incluso que agradezcan, que regulen y sean razonables en sus próximos pedidos.

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Pero son chicos y con mucha facilidad se dejan tentar. El criterio de lo que es razonable lo ponemos los adultos y varía de familia en familia. Ellos no tienen fondo, no se sacian, por lo que irremediablemente terminamos siendo los malos de la película para ellos cuando después del segundo, quinto o del décimo “sí” viene el inevitable “no”.

Los chicos miran los temas a distancia muy corta, no registran que a la prima le compraron un helado, pero se fueron a almorzar a su casa, en cambio nosotros almorzamos en el bar de la playa; o que el amigo estuvo toda la semana esperando a que llegue su papá para ir a andar a caballo y que en cambio su papá estuvo toda la semana con él.

Los chicos piden y se quejan cuando decimos que no.

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Y es bueno que se quejen, aunque nos cueste escucharlos. Nosotros no lo hacíamos porque nuestros padres no nos daban lugar para la protesta, pero terminábamos no sabiendo lo que queríamos de tanto inhibir nuestros deseos para sentirnos valorados por ellos.

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Hoy los chicos tienen claro que sus padres los quieren aunque deseen y pidan el sol, la luna y las estrellas.

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Lo que muchas veces falta es que los adultos encontremos un equilibrio para no decir demasiados sí y terminar el día resentidos con nuestros chicos, a quienes vemos como demandantes y desagradecidos.

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Ellos desean y piden, nosotros concedemos o decimos que no con claridad y sin enojo, sin llenarlos de culpa ni pretender que, como los adultos que no son, dejen de pedir.

Pero el tema no solo alcanza al “comprame”, sino que se extiende a los horarios de ir a la cama, a las exigencias de disponibilidad plena de sus padres, a que les prestemos el teléfono para jugar a algún jueguito, a los horarios de televisión, todo eso y muchas cosas más se prestan para “¡un rato más!”.

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El verano también tiene horarios, un poco más relajados pero no relajemos tanto como para llegar al hartazgo.

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Cuando en las horas de sueño nos pasamos al otro extremo y cada uno se acuesta cuando quiere, todo termina saliéndose de cauce, porque chicos y padres mal dormidos están de mal humor y se pelean por todo.

Tenemos que estar muy atentos para poner el freno y decir que no antes de enojarnos, cuando lo que ofrecimos nos parece suficiente y tenemos resto para tolerar el enojo de los chicos ante nuestra respuesta negativa.

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Ya dije que los niños no se sacian con facilidad, van a seguir pidiendo, y todo se va a complicar si cedemos más de lo que de verdad resistimos sin perder la sonrisa y el deseo de estar allí con ellos.

La autora es psicóloga y psicoterapeuta

LA NACION Sábado Sábado.

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