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Lo que era la avenida Corrientes (con su teatro San Martín)

Mientras vivimos en los suburbios, nuestro sueño era estar cerca de la capital para recorrer de arriba abajo las librerías de usados de la avenida Corrientes en busca de algún ejemplar difícil para añadir a la biblioteca. Podía ser una novela de J. G. Ballard o uno de los libros de cuentos de Silvina Ocampo publicados en colecciones para jóvenes. Aunque no habíamos leído una sola línea de Alberto Girri o Amelia Biagioni en la secundaria, algo de ese misterio abstracto nos tentaba y nos llevábamos los ejemplares expuestos en mesas de saldos.

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Sin captar el matiz contradictorio de la expresión, las llamábamos las salidas al centro.

Cuando nos daban permiso, el paseo podía durar hasta la noche.

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En esos casos, después de revolver las cajoneras y las mesas de libros usados, en oferta o agotados (la palabra “descatalogado” no significaba nada para mí en ese momento), caminábamos rumbo al teatro San Martín.

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Si la distancia del tiempo no distorsiona tanto el recuerdo, la avenida Corrientes parecía un espacio más animado y heterogéneo que el que observo ahora.

En el hall del teatro había conciertos de música de cámara y recitales de cantantes solistas o de coros.

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Vestida de negro y descalza, Marikena Monti había cantado en español y en francés, con los labios pintados de rojo.

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Las exhibiciones en la Fotogalería del San Martín formaban parte del paseo gratuito. Me gustaban las personas mayores que se detenían un rato ante los paisajes y retratos, las fotos de denuncia y otras más inclasificables.

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¿Veían algo que yo no captaba? En alguna ocasión podía pasar que nos quedara algo de plata en el bolsillo y asistíamos a una de las funciones de teatro a precio accesible.

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Cuando vimos Galileo Galilei, nació la vocación actoral de mi amigo Claudio.

A veces me pregunto si no cayó una bomba inaudible de inercia en la avenida Corrientes, tan importante para la ciudad y para la educación artística de porteños y, como éramos nosotros, visitantes que cruzábamos la avenida General Paz.

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Uno de los temores en esos años de gobierno radical, además de perder el último colectivo que salía poco después de la medianoche, era que la policía nos pidiera documentos.

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Del barrio traíamos el recuerdo de las razias nocturnas durante los tiempos del estado de sitio. Sin embargo, nosotros no habíamos sido víctimas.

Como había leído en un ensayo de David Leavitt publicado en una revista (y que se puede leer completo aquí), habíamos llegado tarde a la revuelta o el compromiso social y un poco temprano al reino del conformismo y el consumo desenfrenado de cualquier cosa.

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Televisores en color, viajes al exterior, cocaína, perfumes franceses o champán estuvieron entre las prioridades durante los años noventa.

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“Nacidos demasiado tarde y demasiado pronto, en parte somos lo que hubo antes de nosotros y lo que siguió”, escribió Leavitt sobre su experiencia de adolescente en Estados Unidos.

Como sabemos los que en el presente pasamos por la avenida Corrientes, las reformas del San Martín llevaron más tiempo del comprensible.

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La única novedad durante años fue descubrir un grafiti en las chapas de la obra interminable. Una vez reabierto hace meses, nos deslumbramos con el brillo de los pisos lustrados y el sistema de iluminación de las salas.

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No obstante, por ahora el hall se asemeja a la antesala de una empresa constructora, tan en boga en estos días.

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Donde estaba el bar, hay sillones confortables dispuestos de manera prolija. Para reforzar la sensación de que nos encontramos en una zona todavía sin alma, no están la librería donde se vendían las obras de teatro firmadas por Lope de Vega, William Shakespeare y Griselda Gambaro ni la Fotogalería donde vimos imágenes tomadas por Sara Facio o Rafael Calviño.

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Quizás lo más extraño y difícil de asociar con el San Martín de los años idos es el silencio que domina en el hall, vacío de paseantes al acecho de una emoción.

En esta nota: Emociones LA NACION Opinión Miradas.

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