Política

Zenaida Urbano ||111 //
GUSTAVO TOVAR-ARROYO: González López, de general a limpia pocetas

Vivir una ficción

Vivo -vivimos- una ficción. Los absurdos que me están ocurriendo -a ustedes también- desbordan lo imaginable.

Hablaré en primera persona del singular -otra vez y me dispenso- porque la historia de Venezuela me ha convertido en un personaje inaudito y en nuestro país quien no habla o escribe sobre lo recurrente inaudito no da pie con bola.

En mi caso, si antes de vivir todo este disparate chavista no hubiese leído a Borges o a Unamuno no habría entendido nada de nada, probablemente ya habría enloquecido.

¿O ya estoy loco? ¿Estamos todos locos?

No lo sé.

El loco

Antes de indagar sobre la demencia venezolana, le cederé la palabra a  El loco  de Khalil Gibrán. Él sí entendía de locura y la describía con clarividencia y lucidez. Yo no, yo no describo ni imagino la locura, para mí es más fácil como escritor: yo la vivo.

El loco  de Gibrán expuso (como pensando en mí): Me preguntáis cómo me volví loco.

© Zenaida Claret Urbano Taylor

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Así sucedió: Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras, corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando: ?¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!?

Hombres y mujeres se reían de mí?, un joven, de pie en la azotea de su casa señalándome gritó: ?¡Miren! ¡Es un loco!?

Autómatas del manicomio chavista

No sé cómo hizo Gibrán para imaginarse lo que estoy -que estamos- viviendo.

© Zenaida Claret Urbano Taylor

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No sufrió la esquizofrenia chavista ni padeció su persecución. Él tan sólo la imaginó, lo cual lo hace aún más clarividente y genio. ¿Cómo habrá hecho?

Para mí es fácil fingir demencia en una tierra donde todos estamos dementes; donde nadie se da cuenta, donde nadie percibe y asume ser parte inmanente de un delirio.

¿Acaso tú te has dado cuenta de que lo que vivimos es una enajenación histórica? No lo creo, en verdad, no lo creo.

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Pienso que todos andamos como autómatas -víctimas de una epidemia de demencia- por este manicomio en el que el chavismo ha convertido a Venezuela.

Si ya nos hubiésemos dado cuenta del trastorno colectivo, yo no estaría escribiendo esto y tú no lo estarías leyéndolo; no estaríamos ambos cifrando toda nuestra esperanza en una elección parlamentaria; estaríamos (además de organizándonos para votar), con imaginación y lucidez, preparándonos para una inmensa rebelión civil.

Y no lo estamos haciendo.

¿Ves? Ambos somos parte de una trama disparatada y demente.

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Alguien nos piensa, alguien nos ha hecho personajes de su alucinación.

¿Será que un psiquiatra perverso nos tiene confinados -con sus brebajes engañosos- a la demencia perpetua?

El robo de mi casa

Nos sentimos demócratas, libertadores, héroes, qué se yo, cualquier personaje honorable y digno que lucha contra una manada de energúmenos, pero resulta que por hacerlo somos unos conspiradores o golpistas.

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Sentimos que quienes nos asesinan, encarcelan, torturan y roban, los que realmente dieron un golpe de estado (que lo dan todos los días) son unos miserables delincuentes, pero resulta que son el ?gobierno?.

Qué vaina tan loca, ¿no les parece?

La semana pasada el ?gobierno? me robó mi casa.

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Sin explicación legal o pública alguna, a mano armada, entraron a la celebérrima quinta Michoacán (santuario de sueños y de ideales) para ocuparla y robarse todo lo que había adentro, y sólo un loco como yo se atrevió a llamarlos ¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!

La sociedad calla, el chavismo calla, la oposición calla.

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¿Somos autómatas? ¿No pasa nada?

Lo expreso sin rabia ni molestia, lo hago como escritor, no tan lúcido ni clarividente como Gibrán, pero como escritor que entiende, o más bien, que vive un país que es una absoluta locura.

Sí, una locura.

De general a limpia pocetas

No puedo negar que me produce lástima el general González López, el ladrón de mi casa.

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No entiendo ni entenderé cómo llegó al lugar que ocupa, no sé si sepa leer, no sé si sea capaz de sumar dos más dos, lo único que sé es que es uno de los venezolanos más patéticos que haya conocido nuestra historia, tanto que parece una ficción de lo bruto.

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Ni a Borges en sus ficciones se le habría ocurrido algo semejante.

Él con su cualitativa cuantitativa lentitud mental (pobrecito, de verdad), junto a su masajista (aunque tiene perfecta estirpe de mastodonta luchadora de sumo, es masajista en mi ficción) Katherine Harrington (no es nombre artístico ni de cabaret, es su nombre, alguien más demente que yo se lo puso), entraron a mi casa (la quinta Michoacán) para limpiar las pocetas sucias y para recoger la mierda del jardín que dejan los perros, para más nada (espero que la tengan limpiecita ahora que vuelva, que será pronto).

Fue una trampa, debo confesarlo, no sé si haya sido parte de mi ficción, pero fue una trampa.

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¿No había que comprobar por qué habían sido ?sancionados?? Ahora me toca ir a la ONU, OEA, a La Haya, y con gobiernos reales (no dementes) a confirmar que son unos violadores de derechos humanos.

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Muy sencillo.

Eso sí, mientras tanto, al general Gómez López le exijo que limpie bien las pocetas de mi casa, no requerirá de mucho modelo aritmético matemático para hacerlo.

¡Se lo juro!

Los fantasmas de la libertad

Querían robar algo de mí, algo de mis sueños e ideales de libertad, pero no encontraron nada, sólo fantasmas.

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Sí, fantasmas rebeldes que poblarán sus células y causarán estragos en sus entrañas (a ellos y a los ocupantes) y enfermarán de espanto cuando empiecen a pudrirse por dentro, cuando sus cuerpos se desvanezcan y mueran, cuando sus almas en pena le pidan al escritor algo de clemencia.

Y yo, el escritor, me reiré.

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Sabré que los fantasmas que ahí habitan obrarán su rebeldía sobre ellos, sabré que el espíritu de la libertad ni puede ser robado ni encarcelado.

Cosas de ficción que en la demencia venezolana son una realidad.

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No tengo la culpa de que sean tan previsibles y brutos, su expediente se ensancha.

Y en mi locura he hallado libertad

Disculpen que me haya burlado otra vez de ustedes, demenciales chavistas, eso nos pasa a los escritores inconclusos, a los que vivimos su disparatada realidad, a los que la ficción se nos niega: debemos manipular a los personajes, aprovechar su idiotez, sancionarlos por violadores de derechos.

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Fue fácil que mi ficción se hiciera realidad, tardó, pero fue fácil. Lo siento.

Finalizo con  El loco  del clarividente Gibrán: ?Alce la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro, y mi alma se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras.

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Y como si fuera presa de un trance grité:

¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!

Así fue que me convertí en un loco.

Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.?

Y yo prefiero dejar de ser un autómata, prefiero ser un loco libre?

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