Entretenimiento

El sitio de Cuautla y las epidemias

Miguel
Eduardo 
Osio 
Zamora

Pero la realidad, esa implacable maestra, no dejaba espacio para demasiadas fiestas. A fines de abril de 1812, la situación de los sitiados era terrible. La desesperación tocaba a la puerta, porque el hambre, la sed y la enfermedad se habían enseñoreado en la ciudad

Toda guerra tiene una parte que involucra al concepto de salud pública. Médicos de campaña, víctimas de los combates, entornos insalubres, numerosas muertes, no sólo de quienes recibían heridas en el campo de batalla, sino a consecuencia de infecciones imparables. Durante la guerra de independencia, no era extraño que insurgentes y realistas sumaran a la lucha armada una intensa campaña propagandística que agregaba a uno u otro bando capacidades malignas casi mágicas o rasgos extravagantes. Algunos de los combatientes del ejército de Hidalgo, por ejemplo, pensaban que los soldados realistas tenían rabo de demonio, a causa de una de tantas consejas que corrieron en aquellos días. Algo similar pasó con los insurgentes a las órdenes de José María Morelos, sitiados en Cuautla durante 72 días, y a quienes el brigadier Félix María Calleja achacaría el origen de las epidemias que afectaron a la Nueva España en 1813 y 1814.

SETENTA Y DOS DÍAS DE INFIERNO. El sitio empezó el 19 de febrero de 1812.  La capacidad de organización de Morelos  se hizo evidente: se almacenó maíz y se cavaron pozos. A medida que corrieron los días, las condiciones de vida se volvieron cada vez más duras. Con mucha habilidad, Morelos se ocupó de que sus hombres y los habitantes de Cuautla no cayeran en el tedio y en el desánimo. Cuando alguien caía en combate, se le sepultaba con grandes ceremonias. Cualquier salida que dejara malparados y sorprendidos a los ­realistas, era festejada con gritos, cantos, música y hasta bailes. Nadie en Cuautla podía hablar de desgracia o de la sola posibilidad de la rendición. Son memorables las cartas burlonas que Morelos enviaba a Calleja, con las que no sólo se mofaba de sus contrincantes, sino que también hacía gala de humor, para no caer en la zozobra.

Pero la realidad, esa implacable maestra, no dejaba espacio para demasiadas fiestas. A fines de abril de 1812, la situación de los sitiados era terrible. La desesperación tocaba a la puerta, porque el hambre, la sed y la enfermedad se habían enseñoreado en la ciudad.

Cuando el sitio comenzó, había en Cuautla hombres, mujeres, familias, caballos y ganado. Todo se fue terminando. ¿Hambre? Nada quedaba ya qué comerse en Cuautla. Los rebeldes recurrieron a “las más sucias sabandijas” para saciar su hambre. Miraron a su alrededor, buscando algo que les permitiera calmar su apetito. De las puertas de las tiendas arrancaron el cuero de toro con que se acostumbraba forrarlas y las convirtieron en algo para malcomer y no volverse fieras desesperadas.

Una de las primeras medidas que Calleja aplicó en el sitio fue cortarles el agua. En cambio, lo que abundaba era el aguardiente de caña. La falta de agua empezó a deteriorar con mucha rapidez la calidad de vida de los sitiados.  Entonces apareció la peste , expresión con que se solía definir, en la época, a las epidemias.

Al principio, los malestares y el deterioro se atribuyeron a la mala comida y al mucho aguardiente ingerido.

Pero la enfermedad cundió. La iglesia y el convento de San Diego fueron habilitados como hospital. Hubo mucho enfermos, y jornadas hubo en que murieron 25 o 30 personas.

A los realistas no les iba mejor. También empezaron a enfermar, y Calleja los hacía transportar a lomo de burro a Ozumba, de Ozumba a Chalco, y, por canoa, de Chalco a la Ciudad de México, para que los atendieran. Hubo lluvias en abril, y aparecieron las “fiebres intermitentes”, el paludismo, que empezó a diezmar al ejército realista. Calleja informaría de la pérdida de 800 hombres a causa de la enfermedad.

Así llevaban, unos y otros, el sitio, a finales de abril de 1812. Morelos se decidió a romper el sitio, y Calleja padecía un ataque biliar.

CUAUTLA QUEDÓ ATRÁS. LLEGÓ LA PESTE. Roto el sitio, las tropas de Calleja entraron a la ciudad. El testimonio del coronel José María Echegaray es terrible: la mayor parte de las casas de Cuautla estaban derruidas; de ellas, surgían olores nauseabundos. Había hombres y animales muertos, montones de basura por todas partes. Los conventos de San Diego y de Santo Domingo estaban llenos de enfermos. Calleja decidió que su ejército acampase fuera de la ciudad para prevenir contagios. Aquella estampa no se borró de la mente del brigadier. Al paso del tiempo, se empezó a achacar al brote de la peste ocurrido en ­Cuautla, la epidemia de “fiebres malignas” que en 1813 afectó a muchas poblaciones de la Nueva España.

Aquella epidemia empezó casi un año después de la ruptura del sitio, en abril de 1813, y declinó al llegar el invierno. Pero, para entonces, habían muerto unas 19 mil personas, y se decía que Santiago Tlatelolco había quedado casi desierto.

En la Ciudad de México, le tocó al recién instalado Ayuntamiento Constitucional enfrentar la epidemia. Pero no corrió con suerte: apeló a la caridad de los habitantes de la ciudad, que en epidemias anteriores habían ayudado a suministrar alimentos y medicamentos a los pobres. Pero la guerra había causado estragos en la economía novohispana, y no se reunieron sino 13 mil pesos que resultaron insuficientes.

La coyuntura de la guerra hacía que se mantuviera en el aire, al tiempo que se combatía la enfermedad, la idea de culpar a los sitiados de Cuautla por la epidemia.

El Ayuntamiento, ante la falta de recursos, decidió elaborar una guía muy simple, con las instrucciones básicas para atender a los enfermos, para que el pueblo, en vez de ir a hospitales donde ya no los recibirían cuidara a los enfermos en sus casas.

Se encomendó la elaboración de esas instrucciones al médico Luis Montaña, colaborador del ejército realista. También se le encomendó investigar las causas de la epidemia.

Montaña siguió el rastro hasta Cuautla. El resultado fue un documento llamado Avisos importantes sobre el matlalzáhuatl o calentura epidémica manchada que pasa a ser peste y que es frecuente en esta Nueva España . Allí, el doctor Montaña aseguró que “la epidemia no había sido transportada” por los soldados de Morelos. Existía la creencia de que los insurgentes prisioneros, al ser trasladados a la capital, habían llevado la enfermedad. Pero Montaña aseguraba que, aun cuando hubo unos 500 casos de presos enfermos de fiebres, no se generaron contagios en las prisiones. Tampoco eran la causa los muchos cadáveres insepultos, y recordó Montaña que los cuerpos que quedaron tendidos en 1810, en el Monte de las Cruces, si bien generaron una fetidez que se percibía en la ciudad de México, no provocaron ninguna epidemia.

Entonces, ¿de dónde surgió aquella oleada de enfermedad? El doctor Montaña dejó escrita su interpretación de los hechos y de su ciencia: “la enfermedad nace de principios más sublimes (?), por lo que eran inútiles los acordonamientos de tropas y de guardar cuarentenas y prohibir el tráfico, pues el matlazáhuatl se ha repetido hasta tres veces en un periodo de 40 años”.

Así, el médico despejaba el equívoco. Pero, además, dejó una advertencia que sigue teniendo una enorme vigencia: “la epidemia se repetirá si no se previenen medidas de higiene pública”.