DAVID UZCÁTEGUI 14/08/2026 05:04 am Las imágenes que comenzaron a llegar desde Colombia en la mañana del lunes 10 de agosto no necesitaron palabras. Edificios reducidos a montañas de ruinas, calles cubiertas de escombros, personas buscando desesperadamente a sus familiares y comunidades enteras tratando de entender qué acababa de suceder.Ese terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente de Colombia, con epicentro en el departamento del Chocó. El movimiento fue sentido en una extensa parte del país y golpeó con especial fuerza a regiones como Valle del Cauca, Risaralda, Caldas y Chocó, con graves consecuencias en ciudades como Cali, Pereira, Manizales y Quibdó.Cuando aún han transcurrido pocas horas del desastre, el balance sigue incrementándose. La cifra de fallecidos había ascendido a 224 personas, según las primeras citas de Reuters, mientras que los reportes oficiales previos contabilizaban al menos 570 heridos. Se han reportado más de 1.500 viviendas dañadas y decenas de edificios colapsados. Solo en Cali se registraron numerosos derrumbes, mientras Pereira aparece entre las localidades más afectadas.Pero bien sabemos que detrás de cada número hay una familia que esperaba a alguien en casa. Hay un padre que intenta localizar a un hijo. Hay una madre que permanece frente a un hospital esperando noticias. Hay personas que, de un momento a otro, perdieron su vivienda, su negocio, sus pertenencias o la seguridad elemental de saber que el lugar donde viven seguirá en pie.Eso es lo más duro de una tragedia de esta naturaleza. El terremoto dura segundos. Sus consecuencias trascienden los años y las vidas. También está la incertidumbre de las primeras horas, probablemente una de las experiencias más crueles que puede enfrentar una comunidad. Después del primer movimiento llega el silencio, pero no la tranquilidad. Las llamadas que no entran, los mensajes que no reciben respuesta, las comunicaciones interrumpidas, las personas que no aparecen.Por eso las imágenes que he
Fuente: El Universal — Ver nota original